lunes, febrero 20

LAVE-RAP

domingo, febrero 19

GANDHI WARHOL

sábado, febrero 18

REMERAS HA+

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miércoles, febrero 1

EL MOCO EN EL ASESINATO DE MARAT

ADVERTENCIA PRELIMINAR: TODO LO QUE USTED LEERÁ A CONTINUACIÓN ES ABSOLUTAMENTE CIERTO.

Corrían los dorados años del "1 a 1", de la mano del inefable Charlie Méndez. Todo argentino que tuviera menos de 30 años, trabajo y ninguna familia que mantener, acariciaba una única idea en la cabeza: viajar y conocer el mundo. Y como dos únicos destinos parecían haberlo acaparado todo, Estados Unidos y Europa, hacia aquellos horizontes rumbié también yo, porque no iba a ser menos que nadie, con una mochila repleta de ilusiones y una billetera henchida de pesos-dólar. El primer mundo (el de verdad) me abrió sus puertas de par en par y me enrostró todo su esplendor: elegantes y bellas mujeres, edificios inteligentes, salas de cine con THX y refill gratuito de gaseosa en los locales de comida rápida. Sin embargo, yo no dejaba de decepcionarme con cada ciudad que visitaba: al cabo de un par de días el hechizo desaparecía y ni Los Angeles, ni New York, ni Londres me terminaban causando gran impresión. Sólo tenía una meta y era llegar a Paris y no desencantarme. Y en eso estaba, camino a Paris, cuando decidí pasar un par de días en Bélgica, más precisamente en su capital Bruselas. Una vez allí me dediqué a probar cervezas varias de nombres largos e impronunciables que parecían sacados del Necronomicón, a caminar por pintorescas callejas adoquinadas y a contemplar el orgullo local: la estatua del nene que hace pis, que es una pelotudez como pocas veces he visto en mi vida.
Ya algo aburrido de esa ciudad tan pequeña encaré para unos museos, porque quería ver algunas obras de uno de mis artistas favoritos, René Magritte, aprovechando que el tipo era belga y que obviamente la mayoría de sus cuadros estarían en su país de origen. Luego de indagar un poco me metí en un museo cuyo nombre hoy día no recuerdo, porque me habían dicho que allí encontraría varias creaciones del susodicho pintor. Entré y me puse a recorrer esas galerías de paredes blancas, todo muy pulcro, todo muy cuidado, más bien poca gente, bien tranqui el asunto. Pude ver, efectivamente, varios Magrittes que no me causaron demasiada impresión (o al menos no recuerdo que me la hubieran causado), y cuando ya estaba medio aburrido otra vez, en un giro inesperado del destino, veo delante de mi uno de mis cuadros favoritos de todos los tiempos, que ni siquiera sabía que estaba en Bélgica y menos que menos en ese preciso museo en el que yo me encontraba. Se trataba de "EL ASESINATO DE MARAT" pintado por Jacques-Luis David, que es verdaderamente una obra maestra. Así que allí estaba yo, boquiabierto, impresionadísimo ante la estarura de esa obra magna, extasiado en sus ocres excelsos, embelesado en la contemplación de esos claroscuros regios; delante de un cuadro que tantas veces había visto en reproducciones y en láminas de libros y que ahora tenía la oportunidad, acaso única en toda mi vida, de tener frente a mi. Como ya dije, el museo estaba ese día semivacío, y en la sala en la que yo me encontraba no había ninguna otra persona. Mucho me había llamado la atención ver que en el museo prácticamente no había seguridad ni vigilancia. Algún que otro guardia distraído sentado en un banquito con cara de embole belga, muy poca vigilancia la verdad. Eso sí: delante de cada obra había un vallado de dos postes que sostenían un cordón como de terciopelo, como diciendo "no sea pelotudo, no toque los cuadros señor", pero nada más. Y, eso sí, cámaras de seguridad aquí y allá. La cosa es que yo estaba muy abstraído pensando en el cuadro éste, cuando de pronto, como en automático y sin siquiera pensar en lo que hacía, acaso como confiado por lo solo que me encontraba, me llevé una mano a la nariz, para sacarme una... esteee... sí, una "cascarita" de adentro del naso. Bueno, seamos sinceros, un moquito. Es una mala costumbre que tengo, lo reconozco: cuando estoy solo y nadie me mira me meto los dedos en la nariz y me saco algún mocardo (he de aclarar que por esa época yo fumaba, lo que contribuía a la formación de mucosidades varias dentro de los pabellones nasales). Y así fue que en medio de esa soledad absoluta en la que me encontraba, ante la mirada del moribundo Marat que me observaba desde la tela, me saqué un moquito, seco, muy seco, era como una cascarita realmente, una cosita de nada, una cosa inocente, que ni siquiera registré en su momento por estar tan impresionado como estaba en la contemplación de ese cuadro monumental que tenía delante.
Y con esa misma despreocupación, con ese misma falta de conciencia en los movimientos que mi cuerpo realizaba casi como por su propia voluntad, ya que, les repito, mi atención estaba puesta en el cuadro, hice otra cosa que suelo hacer también cuando estoy solo: eyectar el moco como "pateándolo" con los dedos, con el mismo tipo de movimiento que se usa para echar al aire una moneda y ver si sale cara o seca. Amigos, créanme cuando les digo que cuando recuperé el uso de mi razón y tomé conciencia de mis actos ya era demasiado tarde. Y sé que me creen, porque deben saber que es con vergüenza infinita y sin un solo ápice de orgullo que cuento esta página negra de mi vida: cuando me di cuenta el moco ya estaba volando, surcando el espacio como una bala en dirección a la obra maestra.
Muchas cosas pasaron por mi cabeza en ese momento, en el lapso que le llevó al moco recorrer la distancia que lo separaba de su destino último, pero nada pude hacer por evitar el trágico desenlace de ese momento fatal. De algo estaba seguro: ante lo inevitable, el moco se desviaría a último momento, o en el peor de los casos, "rebotaría" luego de impactar el óleo, así seco como estaba.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que el moco no sólo no se desvió, sino que además quedó pegado al cuadro. Sí amigos, el moco se pegó en la tela, créase o no (como diría el bueno de Ripley) el moco quedó adherido en la zona inferior derecha del cuadro, en un área de tonos oscuros y apagados con los que terminó por mimetizarse a la perfección. Sólo una vista muy entrenada o alguien que ya supiera de antemano que allí había un moco podría haberlo detectado. Me acerqué a la obra y efectivamente: era casi imposible distinguir el moco, que sin embargo allí estaba, como desafiante y atrincherado, cómo si él mismo por su propia voluntad hubiera elegido ese lugar y no otro para posarse. Al fin y al cabo, parece que no estaba tan "sequito" como yo había creído. Para colmo de males, pude ver que (según se verá en el gráfico que presento a continuación) la mirada muerta del propio Marat apuntaba inequívocamente al lugar donde estaba el moco, algo verdaderamente intrigante y sobrenatural.


(El círculo marca el área donde aterrizó el amigo. La flecha demuestra que Marat está mirando en esa dirección)

¿Qué podía hacer amigos? Díganme, ¿qué hubieran hecho ustedes en mi lugar? Miré a mi alrededor: estaba solo. No había nadie, nadie había visto mi crimen. Pensé en acercarme al cuadro y con la uña arrancar el moco… pero ¿y las cámaras de seguridad? Al moco volando en el aire seguramente no lo habían captado, pero un tipo rasqueteando la tela hubiera resultado muy sospechoso para esos belgas que debían estar custodiando los tesoros de su patria con la mirada fija en los monitores de seguridad. Además, el cordón aterciopelado me impedía el acceso a la obra. Así que me di media vuelta y me fui del museo con un nudo en el corazón y otro más apretado en el alma.
Muchas veces amigos he pensado en el cuidador que va a plumerear los cuadros y un día encuentra un moco. Otras veces me pregunto si acaso el moco no seguirá todavía allí, imperturbable y firme como rulo de estatua.
Todavía hoy sigo teniendo pesadillas como esta: Otra vez estoy en Bélgica, entro al museo, y veo que hay un agujero en la tela y me doy cuenta de que los agentes corrosivos del moco han destruido la obra maestra; acto seguido el cuadro se desintegra. Otra veces, la pesadilla es mucho peor: veo a Marat que viene hacia mi como un muerto vivo y posa su mano de hielo alrededor de mi garganta, y mientras me estrangula con una mano, me pega uno de sus mocos en la mejilla con la otra. Despierto agitado, bañado en sudor, sabiendo que en esta tierra no hay pecado que quede sin pagar.
Así que amigos, si alguna vez van a Bélgica, averigüen en qué museo está "EL ASESINATO DE MARAT" y fíjense si todavía allí está mi moco, y si llegan a verlo, avisen a los cuidadores para que por favor vayan a sacarlo.

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